Europa no debería pactar con dictaduras

RESULTA vergonzoso ver cómo Europa ofrece dinero a cambio de parar los flujos migratorios al viejo continente. Comenzó con Turquía, un país que no respeta los derechos humanos y ahora sigue la misma táctica con Eritrea y Sudán.

Al parecer, más de 100 millones de euros asignados a ayuda al desarrollo serán redirigidos a lo que llaman seguridad, o sea taponar fronteras de países en conflicto para que sus refugiados no lleguen a nuestras playas del Mediterráneo.

Alrededor de 210.000 eritreos han abandonado su país huyendo de una tiranía feroz. La mayoría de ellos viven en los países limítrofes y una pequeña cantidad llegó a Europa a través de Libia e Italia. Pero a los políticos del viejo continente no les gusta esta llegada de refugiados.

«El Gobierno eritreo es culpable desde 1991 de serios abusos», afirmó la ONU el pasado 8 de junio al mismo tiempo que recomendaba denunciar a dicho país, ante la Corte Penal Internacional, por torturas, desapariciones y un servicio militar de duración indefinida que mantiene a 400.000 personas en situación de esclavitud. Los niños y niñas también son reclutados para adiestrarlos militarmente, según Amnistía Internacional.

Dicha organización calcula unos 10.000 presos políticos en Eritrea y calcula que hasta un 10% de la población, de poco más de seis millones, ha intentado huir del país. Etiopía, su vecino, país que vive una de sus peores hambrunas, acoge a 734.000 refugiados en su mayoría sursudaneses, somalíes y eritreos: más que ningún otro país de África. Unos 155.000 son eritreos.

Este dato es importante. La mayoría de los refugiados del mundo son acogidos por países pobres. A Europa llegan una ínfima minoría.

Y no estamos hablando de un país sin recursos económicos, lo que ocurre es que su riqueza no es para la población. En septiembre del 2015, una empresa conjunta formada por la compañía canadiense Sunridge Gold Corp y la Sociedad Nacional de Minería de Eritrea (Enamco) firmó un acuerdo con el Ministerio de Energía y Minas para realizar operaciones de extracción de oro, cobre y zinc.

Eritrea es un país cerrado de fronteras herméticas, una gran prisión. Por eso es considerada como la Corea del Norte del continente africano. Los prisioneros son encerrados en centros de detención con celdas subterráneas o en contenedores de transporte metálicos instalados en pleno desierto, según Amnistía Internacional. Sus familias no vuelven a saber de ellos.

Miles y miles de eritreos desaparecen en su camino hacia el exilio. Una brutal red de tráfico de personas rapta a los refugiados en la península del Sinaí, donde son encerrados y torturados. Grupos beduinos exigen rescates astronómicos a las familias. España ha acogido a 17 refugiados eritreos.

Junto a este país del Cuerno de Africa, Sudán es otro de los países en donde se piensa poner en práctica la misma política.

Su presidente, Omar al Bashir, está acusado de genocidio. En diciembre de 2010, cables diplomáticos estadounidenses revelados por Wikileaks contaban que «los jóvenes eritreos huyen de su país en masa, la economía parece estar en una espiral de muerte, las cárceles de Eritrea están desbordadas y el dictador desquiciado del país sigue siendo cruel y desafiante».

En Sudán el clima de impunidad, fomentado por la falta de rendición de cuentas por crímenes de derecho internacional y otras graves violaciones de derechos humanos, prevaleció en las zonas de conflicto. En agosto del 2015, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos informó de que en 2014 se habían producido al menos 411 incidentes violentos, de los que al menos 980 personas habían resultado muertas o heridas.

A pesar de esta dramática situación, Italia y Alemania en nombre de la UE han mantenido contactos de alto nivel con este régimen tirano.

El ministro de Exteriores, Ibrahim Ghandour, visitó Bruselas en febrero y se entrevistó con la jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, y los comisarios de Inmigración y de Ayuda Humanitaria. En marzo hubo contactos entre Sudán y Gran Bretaña sobre migración, tráfico de personas y terrorismo, según el Foreign Office. En abril fue el comisario europeo de Cooperación Internacional, Neven Mimica, quien viajó a Jartum. Por esas fechas, el ministro polaco de Defensa, Antoni Macierewicz, recibió al titular de Exteriores, Ibrahim Ghandour; según el sudanés, hablaron de «entrenamiento, tecnología e industria civil y militar».

Esta forma de hacer que nuestras playas no se llenen de personas en busca de refugio y huyendo de regímenes tiranos, es deplorable, inaceptable y éticamente vergonzoso. Europa no debería caer en unas políticas tan indecentes como las de pagar a tiranos para que sus víctimas no puedan huir a países más seguros.

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